Mar Espinosa.
Sin título. 2024. Fotografía análoga.

Cuando el viento ya no sopla me detengo a observar si el tiempo sigue el curso que llevaba hace unos segundos. Mis pies están en el mismo sitio, mi café sigue caliente, aunque me acordé de algo que yo no viví. 

Me trae al presente un parpadeo con tres miradas, un reflejo y el calor en mis dedos. No es la primera vez que me pasa. Cada vez que en el suelo hay manchas moradas, me sé de memoria un camino que no recorrí. Mis pies me guían a una plaza, patrón de cuatro y ocho azulejos de colores, sólo para confirmar que mi favorito sigue teniendo su color amarillo. No sé si esas memorias me pertenecen. Un suéter de lana, sangría y España.

De vez en cuando me quedo leyendo de madrugada y cuando pierdo el sentido de las palabras, extraño gente que no conocí. Es inútil pensar que no sirve de nada cargar con tanta vida, tantos recuerdos y momentos, porque cuando veo con los ojos cerrados, siento como si ella me espiara desde sus memorias y me compartiera un poco de las suyas. Me lleva en el viento. ¿El atardecer? Un boleto de regreso. 

Escribo cartas, al cielo y al tiempo. Voy dejando pistas que me dicen a donde ir. Me deja en calma  saber que esos mensajes llegarán al momento correcto. Respiro profundo. Sé que el tiempo no existe  cuando mi mente me dice qué libro será mi favorito, cuando debo ir en otra dirección y se sin duda  quien me romperá el corazón. No soy yo, sino otra yo, que anotó su vida en sus cuadernos para que  yo me sirviera de ellos. Quedé de encontrarme con ella en un futuro, donde con gracia recordaré  como me guio para escribir estas palabras. 

No sé para que publico, de todas formas no ves mis indirectas.

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