¿Y qué si me pudro en una oficina beige con gente aburrida y olor a plástico de revista a mi alrededor? ¿Qué si convierto mis días en rutinas con lunch Godín en la afternoon? Platicando con Vero, de ventas y Ana, de contaduría. Pues, ¿qué? Al cabo, la Vero y Ana son amigas, ¿qué no? Me cae que son listas y me tratan bien.
Y yo una vez me fui a la arena a Brighton, pensando en qué iba a hacer si me rechazaban una vez más, otra vez. Qué iba a hacer si no me convertía en Matt Damon y el cabrón aquél con hermano acosador, descubiertos en la historia del cine por uno peor.
Y cuando llegué a Brighton me di cuenta que eran piedras. Eran piedras y no arena en la mar, y aun así encontré mi roca y me subí en ella y sentí el mar en la cara un poco más fuerte que el frío. Y dije: «me vale madres si nunca la hago y me encuentro piedras en vez de arena». ¿Te imaginas que hasta acá no hubiera llegado yo por pensar en que iban a ser piedras en vez de arena junto a la mar?
Si no soy mensa, me quería escapar a Brighton. Pero, mejor le recé a la espuma que se llama como yo y me regresé a mi casa. Con mi laptop ruidosa y molesta, me puse a escribir. Escribía más feo en ese entonces, pero me sabía igual de rico cuando lo hacía por gusto y no por orgullo. Mira y qué si sale todo mal, y termino puliendo copas de vino en un hotel maldito y mis amigos son ascendidos al cielo del éxito y yo me quedo sola puliendo copas en ese pinche hotel podrido. Imagínate que me quedo puliendo copas también, pero sin haber probado el vino.