Gerardo Buendía.
Sin título. s/f. Fotografía digital.

En el patio de mi casa tengo —escribo «tengo» de manera figurada, pues en realidad es de mi mamá, más soy yo el que la cuida— una buganvilia con un gran valor para mí. Sus flores son de tonalidad rojiza parda; algunas son de color rosa clarito, mientras que otras resaltan con su color entre naranja y entre rosa, fusionándose estos y dando como resultado un intenso rojizo que recuerda a la carne de salmón. 

La buganvilia ha crecido mucho desde que la compró mi mamá. Ella no se hace cargo de ellas por pretextos que se pone a sí misma, por lo que soy yo quien cuida de ella y de otras dos plantas: una sábila y un árbol de limones. Recuerdo que, cuando recién llegó, el viento no dejaba de acosarla y mi pobre e indefensa buganvilia solo se sostenía con firmeza a un tubo clavado para brindarle sostén. Ay, ¡creí que mi pobre buganvilia no resistiría! Más aun así continué regándola y dándole de mi energía, confiando plenamente en ella y en su determinación y valentía. Recuerdo cuando comenzó a florecer por primera vez. Sus flores eran hermosas, de un color rosa tan espléndido que dejaban maravillado a mi ser. Múltiples fotos le tomé, pues era digna y merecía tal reconocimiento, tal admiración; casi que me convertí en el Principito con su rosa querida.

Desde hace unos meses, mi buganvilia ha crecido ferozmente. Pasó de estar más pequeña que yo, de 1.74m, a llegar a superar la altura de la casa. A día de hoy, en pleno otoño, no para de florecer e iluminar mi alma con su belleza, llenando mis ojos de lágrimas por la majestuosidad de la que mi buganvilia irradia. 

Ciertamente, verla me llena de tranquilidad, pues dulcemente baila al son del viento, efectuando movimientos elegantes con sus hojas y ramas. 

¿Qué pasa, lector? ¿Esperabas algún trágico final en el que describiera cómo mi amada buganvilia sucumbió ante las implacables plagas o el frío amenazador? No es el caso. Mi buganvilia es fuerte, igual que yo, su protector. Le dedico este texto a ella, mi musa, cuya belleza trae energía a mi afligida pero optimista alma.

El verdor de las hojas
de mi dulce buganvilia;
el danzar de las ramas
de mi apacible moringa;
la quedita voz del viento
susurrando suaves melodías
que constituyen
el perfecto complemento
para mis dulces plantas
que irradian sosiego y alegría.
Todo sería perfecto…
si tan solo no me
perturbara tu recuerdo.

El Sol ahí, viéndome,
con timidez e indiferencia;
yo aquí, viéndolo,
rogándole que se quede
y no me abandone también
porque me quedaré solo
en este intranquilo lugar
a merced de mis sentimientos,
pensamientos y emociones
que me hacen recordar
para luego terminar
por sucumbir ante
el dolor, la angustia
y el sufrimiento.

Ya no le veo…
Ya no está aquí el Sol. 
Sólo estoy yo, solo,
en este oscuro,
frío y solitario páramo
del que, por más que intente,
no puedo escapar;
sólo estoy yo, solo,
con mis sentimientos,
pensamientos y emociones
que me hacen recordar
y me llevan al llanto
en un desesperado intento
de desahogar
el dolor, la angustia
y el sufrimiento 
que residen en mí dentro.

Heme aquí, solo,
sucumbiendo
a la desesperación
y la ansiedad
producto de estar
en este inhóspito lugar
en el que me encuentro y al que,
por más que lo intente negar
portando una máscara optimista
y vistiendo falsas sonrisas,
pertenezco.

No sé para que publico, de todas formas no ves mis indirectas.

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