Moisés Álvarez.
Sin título. 2018. Fotografía digital.

20 del mes de febrero del año 1522.

 

Sea su menester saber que yo, el natural del pueblo de Detéramo, el humilde aldeano conocido como Nektza Frey, sin saber leer ni escribir, dicta esta carta por medio de un tercero, mi hijo ilustre Curtad Frey, con la intención de pedir su atención, ya que debe ser de su interés todo aquello que diré de aquel misionero que envió hace dos meses y del cual, desde hace tres semanas, usted no ha recibido noticia.

En este humilde pueblo no había cartas ni papel, lo que debíamos comunicar a los hermanos lo hacíamos por medio del habla, lo que debíamos exigir lo gritábamos y lo que debíamos aprender lo escuchábamos, lo que ustedes llamaban salvajismo nosotros lo consideramos como practicidad, porque no es más civilizado quien grita mensajes de amor de quien evoca la paz; sin embargo, su ambición, porque no hay otra forma de llamarlo, no pudo soportar vernos tranquilos y a gusto, por lo que, su soberbia iglesia y su profana palabra, querían arrebatarnos la libertad y utilizarnos como esclavos, ¿o es que hay otra forma de llamar a nuestros hermanos que laburan para ustedes, cargando rocas para un señor que tarda mucho en volver? Y por eso enviaron al monseñor Torrera, ¿verdad? Para convencernos que bajo el yugo de su látigo se estaba mejor que en los campos bailando y cantando.

Torrera primero se posó en la plaza principal de nuestro pueblo, nos habló en su idioma mientras un intérprete, que luego supimos, lo habían secuestrado de su familia, iba traduciendo lo que decía en tres lenguas diferentes, más nos menospreciaban en intelecto, ya que el castellano no es desconocido para nosotros, y fue nuestro Glaklat, jefe del pueblo, quien le recomendó volver, quien le pidió amablemente que regresara a sus tierras y que advirtiera a los suyos que lo que encontraría aquí sólo sería la sordera a sus palabras. Pero, su misionero era terco, la voluntad de aquel carpintero clavado en cruz habla más de muerte y obligación, o al menos eso nos ha hecho entender, porque ¿cómo se le llama a una religión donde los fieles son violentos y testarudos? Hasta donde creemos, es más bondadosa nuestra señora Hijtlak, la señora del trueno y justicia, que aquel dios que disfruta cuando los creyentes sufren y sienten dolor.

¿No llegó el señor Torrera, misionero jesuita, con su biblia, con sangre en sus pies y gritos de condena, con la tarea de obligarnos a creer en él? Y es que ustedes, los invasores, no conocen otro idioma que la insistencia, el engaño, la mentira y la exigencia, ¿no había otra forma para hablar con nosotros? El misionero seguía con sus discursos en mitad de la plaza, que también utilizamos de mercado, donde nuestros niños corren, juegan, hacen niñerías y señalaban al hombre burlonamente, obviamente esto calentó la sangre del hombre de fe y comenzó a interrumpir nuestras celebraciones, mientras rezábamos y cumplíamos con nuestras labores de siembra, llegó Torrera para detenernos, para que nos hincáramos ante él y confesarnos, tiraba las ofrendas para el señor guerrero y la madre de la naturaleza al suelo, nos gritaba, y cuando le poníamos un alto a aquellos actos sin respeto a nuestra cultura, sacaba el látigo y nuestras espaldas eran las víctimas de su hipocresía; porque bien sabe usted, señor Cardenal, que quien escupe al cielo, ofendiendo a los dioses, se escupe a sí mismo, y Torrera no sólo escupió, también sembró sangre en nuestra carne, infectó nuestra paciencia y la convirtió en furia y resentimiento, por lo que no tuvimos otro camino.

Los Bulkrant, o sacerdotes en su idioma, siempre han dicho, «si es menester arrancar una hierba para no arruinar el cultivo, ha de arrancarse, y si hemos de talar un árbol para que siempre haya luz, que se tale», por lo que, hace tres semanas, mientras su misionero dormía abrazado al pequeño esclavo intérprete, lo amordazamos, lo atamos a un árbol, nos congregamos a su alrededor y le rezamos a nuestro señor del sol, y la señora de la justicia, ya que de Tlantipk y de Hijtlak es la verdad y justica. El Glaklat le preguntó si renunciaba a imponer su forma de pensar, no a su fe, no a su orgullo ni honor, a su tarea de obligar a extraños a pensar como él, Torrera dijo: «sólo el Señor es dueño de la verdad», comentario fuera de lugar, y no tuvimos de otra, señor Cardenal. Quemamos el árbol, al pequeño traductor lo adoptamos como miembro de Detéramo y observamos cómo la carne de su apóstol se desprendía de su cuerpo lentamente, mientras gritaba y pedía perdón.

A día de hoy vivimos como antes, pero mejor, porque los cultivos brotaron antes de lo planeado y con mayor tamaño, el aire del pueblo es puro y saludable, nadie ha peleado en todo este tiempo… y del pequeño río que había junto al árbol, donde su misionero murió calcinado, la ropa que se lava en aquellas rocas, sale más blanca y lustrosa; todo el pueblo ha disfrutado de una paz absoluta y los Bulkrant creen que es por haber contentado a los señores Tlantipk y Hijtlak, por lo que es mi obligación preguntarle, señor Cardenal, ¿nos podría enviar un misionero más?

No sé para que publico, de todas formas no ves mis indirectas.

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