Gerardo Buendía. 'Jueves 630'. 2021. Animación.

El lobby del hotel Galace era un intento de copiar el estilo de esos viejos lujos de Nueva York, con las enormes columnas, las mesas de madera barnizada con floreros encima, los candelabros colgando del techo, la elegancia de cada detalle. Incluso podría decirse que era exagerado.

Camino por la misma ruta de siempre, veo los nuevos rostros, mucha gente que va y viene, nunca se queda, nadie nos conocía, por eso este era el lugar perfecto.

La mujer de la limpieza sale del elevador a las 6:30 p.m. como cada jueves, sumida en sus pensamientos, en el ruido que escucha de sus audífonos. En el cansancio de un día de trabajo duro ignora que cuando pasa frente al escritorio del recepcionista, él le mira el trasero, mueve sus ojos conforme al contoneo de sus caderas y después de un rato regresa a su computadora con una leve sonrisa. Todo eso sucede mientras espero a que llegue el elevador, una vez dentro presiono el botón del primer piso, pasan diez segundos, se abren las puertas y bajo a un largo pasillo de alfombra verde con puntos amarillos que me guía a la habitación 112, el número de la puerta que guardaba nuestras pasiones, nuestros deseos, nuestro secreto. Dos unos y un dos, un juego de palabras que se nos ocurrió un tiempo atrás, un juego de palabras que se había convertido en el inicio de nuestra lujuria.

Golpeo la puerta dos veces y después de un segundo doy otro toque, el código perfecto. Escucho sus pasos a lo lejos y cuando abre la puerta me lanzo hacia ella para darle un fuerte beso en los labios, un beso que se siente cálido, el beso que me hace sentir a salvo.

Elena se despega de mí, su mirada era diferente, los ojos vidriosos y su expresión desencajada.

—Lo sabe —dijo con la voz entrecortada.

Y en ese momento la calma que tenía desapareció.

—¿Te confrontó?

—No, pero lo vi en su mirada, en su forma de hablarme, incluso en el estúpido movimiento que hace al caminar.

Elena era una mujer casada, una mujer de la que no debía enamorarme, pero, ¿qué puedo decir? Lo prohibido siempre sabe mejor.

Nos conocimos esa tarde de verano que jamás olvidaré. En cuanto la vi recorriendo el parque con sus cabellos negros volando por culpa del viento, su bella sonrisa y su impresionante figura me arrebató el corazón.

Fue después de algunas copas que nos dejamos llevar por los sentimientos que teníamos escondidos. Besé sus labios con la pasión que se merecían, mis manos descubrieron su cuerpo, su piel desnuda contra la mía, nuestros labios en la misma sintonía, manteniendo el ritmo necesario para no querer separarnos nunca.

¿Qué es la arquitectura viva sino el entretejido formado por su condición evolutiva, su carácter regenerativo y emocional? Y es que la arquitectura, desde su origen, se remonta a ese estrecho bienestar humano, natural y social. Nace cómo cobijo, protección, deseo de supervivencia y de encuentro; la arquitectura como fuerza que surge: lugar común donde las personas, al tiempo que se resguardan, también se desarrollan. 

—Haré lo que sea necesario para que sigas a mi lado —le aseguré a la bella mujer de ojos verdes que tenía enfrente.

—No, en cuanto se entere que me enamoré de ti, justo de ti, va a matarte, esto se acaba aquí, Santiago.

—Jamás —no quería nada especial en esta vida, pero sabía que quería pasar el resto de mi vida a lado de ella.

—¡¿Qué no lo entiendes?! —gritó con fuerza mientras movía las manos con desesperación—. Te amo, te amo más que a mí misma, te amo con cada parte de mi ser, te amo como si mi vida dependiera de ello — las lágrimas comenzaban a correr por su blanco rostro, estaba cada vez más alejada de mí—, y prefiero renunciar a ti, a este amor, sólo para asegurarme de que estarás a salvo —terminó y se dejó vencer en la cama de la habitación, cubriéndose el rostro con sus palmas.

Me acerco a ella y la rodeo con mis brazos tratando de calentar su cuerpo frío; estaba asustada, sus manos temblaban y la fuerza con la que sollozaba sólo confirmaba su miedo.

—Lo haré, desapareceré, me iré como lo prometimos.

Al estar contra lo moralmente correcto teníamos un plan de salida preparado, especialmente porque no éramos personas con vidas comunes.

—Ten cuidado, sabes lo que te hará.

—Ven, huye conmigo.

—Sabes que no puedo, estoy en deuda —me miró con dolor, podía ver a través de sus ojos su corazón partido. Juntó su rostro con el mío, y dejó que nuestros labios chocaran por última vez—. Ten cuidado mi amor.

Me levanto con la fuerza que necesito para no caer de nuevo a lado de Elena, doy los primeros pasos, giro y veo a la mujer de mis sueños sentada en la cama, con la mirada en otro lado.

—Te amo —digo antes de salir por la puerta con la esperanza de que escuchara esas últimas palabras.

Después de salir del hotel me dirijo al lugar donde tenía mi escape perfecto, no podía volver a casa, seguramente Damián ya tenía a alguien esperándome ahí, así como yo alguna vez esperé a un pobre hombre para asesinarlo en su nombre.

En medio de la nada, donde apenas había algunos arbustos lo suficientemente grandes, donde la gente no pasaba seguido, donde sólo se escuchaba el rugido del viento estaba la salida. Detrás de uno de esos matorrales había un auto con el dinero suficiente para comenzar una nueva vida, identificaciones falsas, dejaba de ser Santiago para convertirme en Julián, y un mapa para encontrar el siguiente camino.

La carretera estaba llena, supuse que, por la hora, mucha gente volvía a casa después de un día largo de trabajo. Me detengo un segundo por culpa del tráfico y las lágrimas recorren mi rostro, no había llorado mi pérdida, y de repente la tristeza me invade tanto que ya no puedo detenerme. Había conocido al amor de mi vida y ahora tenía que desaparecer, había perdido mi vida, una vida que quizá no era la ideal, pero era mía, y además tenía que huir porque el maldito jefe de la mafia estaba persiguiéndome por acostarme con su esposa, la esposa que él no consideraba más que un trofeo. La camioneta negra detrás de mí toca el claxon para que avance, limpio mi rostro con brusquedad y acelero, y así termina la tarde de un jueves que parecía igual que siempre.

 

No sé para que publico, de todas formas no ves mis indirectas.

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