Sandra Loza.
Sin título (9) (Digital-analog). 2019. Fotografía digital-análoga.

Era un pueblo chico, de esos perdidos en los mapas, sin chiste, con gente común. Personas que vivían como todas, de alguna forma escondidas. Una comunidad como cualquier otra, donde se esconden deseos porque no parecen ser correctos. 

Un lugar olvidado. Nadie llegaba, nadie se iba. Cualquier persona que viera por encima no podría notar algo de lo que ahí se ocultaba. Familias, grandes y pequeñas, vecinas chismosas, niños en las escuelas, hombres trabajando. Todo era tan normal, a excepción de ese momento, cuando aparecía la luna de abril. La luna de abril que desencadenaba los secretos que nadie conocía, revelaba verdades, enloquecía a la gente, los volvía valientes, arriesgados, cegaba sus inseguridades, sus miedos. 

Eran noches especiales, nadie entendía qué pasaba, qué era ese efecto de la luna, porqué ese esplendor amarillento los hipnotizaba de tal forma que cuando despertaban lo olvidaban todo. Todo lo que sucedía, todas las locuras que se cometían, todo lo que la luz de la luna destapaba se volvía a ocultar.  

Las noches de abril eran como borracheras infinitas sin alcohol, divertidas escenas, locuras sin sentido, amoríos fugaces, sueños a medias que se desvanecían por la mañana. 

Era mágico, ese lugar era mágico. Al menos sólo en abril, cuando la luna liberaba a las personas, cuando en ese pueblo las personas dejaban de vivir encerradas en sus cuerpos y salían a dejarse bañar por los encantos de la noche, por los encantos de la luna de abril. 

No sé para que publico, de todas formas no ves mis indirectas.

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