Gerardo Buendía.
Te veré en la siguiente vida (2/4). 2022. Fotografía digital.

Hacía una apacible tarde en el geriátrico donde vivía la anciana Rosita. La misma tarde que, en sus veinticinco años —desde que comenzó a vivir ahí—, veía siempre, día tras día, a través de la ventana, contemplando el viejo roble. Nada solía cambiar. Todo era muy constante. Las mismas caras, las mismas miradas.  La única variable eran aquellos demás huéspedes que se iban para no volver. Rosita solía preguntarse si acaso sus familias habían ido a buscarlos para llevárselos, o si simplemente perecían, haciendo del lugar aún más solitario.

«¿Rosita, ya tomó su medicina?», preguntó la amable enfermera. 

Rosita se encontraba adormecida en la silla que daba a la ventana, donde siempre solía estar. No llegó a escucharla entrar, pero tampoco se sobresaltó ante tu presencia. En sus avanzados años, pocas cosas lograban causarle alguna reacción a su pobre corazón. Para poder quedarse a solas de nuevo, Rosita le contestó entre débiles gestos que sí, pero realmente no recordaba muy bien si lo había dicho; no recordaba la última vez que lo hubiese hecho, ciertamente. No quería molestar a la joven enfermera, y deseaba quedarse sola con sus pensamientos. 

Al momento en que se fue la enfermera, se posaron en el borde de la ventana unos pequeños gorriones. En sus tardes no podía faltar la compañía de aquellos amigables seres. Solían cantarle dulces melodías mientras se pavoneaban orgullosos por la ventana y velaban el sueño de Rosita cuando quedaba adormecida bajo el calor de los últimos rayos del ocaso.

Otra pieza infaltable de las tardes de Rosita era su atesorado libro de historias. Siempre lo sostenía fuertemente entre sus manos, esperando. ¿Qué era lo que esperaba?

Suspiró y miró al cielo teñido de cálidos colores, coronado con hileras de nubes que le recordaban la suavidad del algodón. Siempre se preguntaba si, al morir, éramos llevados de la mano a través de las extensas nubes en el cielo hasta donde descendía el sol a descansar. 

Cada día se le hacía aún más solitario. Sus compañeros iban dejando el lugar, llevados por sus familias o por el señor de la muerte mientras dormían. A pesar de que no deseaba quedarse sola en ese lugar, aún no podía irse con sus compañeros, debía esperar, aunque no recordara bien por qué. 

Sin embargo, estaba cada día más agotada y ese pesar en su pecho se hacía más fuerte. Suspiró.

Mientras Rosita escuchaba el cantar de sus joviales amigos, una voz se le atravesó como el destello de lo que alguna vez fue. Intentó seguir esa voz, pero era muy difícil. ¿A quién pertenecía? Un sentimiento de nostalgia la embargó. 

«Mi muchacho…», susurró suavemente intentando recordar.

¿Quién era aquel que en aquellos recuerdos tan lejanos como si le fuesen ajenos, hablaba de mundos y seres fantásticos? ¿Quién era aquel que con su melodiosa voz le acariciaba el alma entre susurros aterciopelados? ¿Quién era aquel que le sonreía tan dulcemente haciéndola resplandecer? ¿Quién era aquel que ocultaba el rostro entre sus manos y se marchaba para no volver?

«Mi muchacho… Mi muchacho…», volvió a susurrar con voz débil, como si tuviera miedo de que algo se fuera a romper. 

Rosita recordó fragmentos de la vida que alguna vez tuvo, de la familia que alguna vez la acompañó, de un hijo que siempre esperó. 

En su mente había un desfile de imágenes, de épocas donde parecía ser siempre primavera, de sonrisas y suaves caricias. Pudo sentir una mano acariciándole el cabello con delicadeza y ternura; podía sentir el calor de un cuerpo joven cerca del suyo, reconfortándola; pudo sentir los fuertes brazos del hijo que a su madre debía cuidar. 

Recordó conversaciones, mientras caminaban al bazar. Recordó el viento que hacía danzar su cabello y el romper de las olas al pasar cerca del mar. Recordó la esquiva mirada del hijo que sabía amar, y sus promesas de que regresaría, que sólo debía esperar. 

Esperar.

Esperar.

Ahora se le hace tan vívido, pero era consciente de cuánta agua había pasado ya por ese río. 

Hay algo en su pecho que la acongoja, y que, sin embargo, no puede nombrar. Siente que en su interior distintos sentimientos danzan en un baile frenético, pero a la vez, no siente nada más que un vacío lúgubre que se hace cada vez más y más grande. ¿Se puede sentir sin sentimientos? ¿Se puede sufrir sin llorar? 

«Creo que no he sido yo la que ha olvidado, sino que la olvidada he sido yo», dijo dejando que las palabras flotaran con el viento, para que se alejaran lo más posible de ella.

Rosita sabe que el tiempo la ha dejado demasiado marchita como para derramar lágrimas, aunque su alma se desborde por dentro. Ese pesar en su interior le oprimía el pecho con mucho pero mucho dolor, hasta que… Mirando sus manos, logró comprender porque llevaba consigo aquel atesorado libro, y el significado de la voz relatándole historias en sus recuerdos. Hace tiempo había perdido la capacidad leer, mucho antes siquiera de estar en este lugar; se remonta a viejas épocas donde aún tenía un hogar. Su amado hijo solía leerle, sin faltar, todas las tardes bajo el viejo roble de la casa, cobijada por el manto del sol poniente, acunándola con su voz. 

La voz, las promesas. 

¿Qué había prometido su hijo? 

Recuerda, Rosita, recuerda…

«Espéreme, madre, juro que regresaré. Espéreme con este libro, que bajo el roble te lo leeré». 

Rosita derramó las lágrimas que su cuerpo ya no podía derramar, y enderezándose, dijo:

«Lo voy a esperar».

Las amigables aves con intriga la observaban ya que había algo en la mirada de Rosita que los sorprendió. Una certeza absoluta jamás antes vista.

«Sí, queridos amigos, espero a mi muchacho», dijo mientras apretaba aún más fuerte el libro entre sus manos. 

Levantando la cabeza al cielo, con ojos brillantes de esperanza, ella sonrió. Se acobijó en su silla, recordando a su hijo, sabiendo que algún día vendría, y dejándose llevar por dulces sueños se durmió. Y así, cuando el sol terminaba su descenso hasta desvanecerse en el horizonte, Rosita murió. 

Al día siguiente, Rosita fue enterrada en el cementerio del geriátrico, bajo el viejo roble que ella solía contemplar. Su entierro fue solitario, y muchos se compadecieron en torno del como terminó, la mujer que pasó sus días esperando hasta el final.  

Muchos dicen que ella sigue allí, esperando y esperando, acompañada de los fieles gorriones que le cantan cada tarde para que Rosita no oiga la ausencia de la voz del hijo que nunca volvió. 

Pasaron muchas primaveras y muchos inviernos, que ya no se pueden contar. Una enfermera del lugar acomodaba la habitación que alguna vez perteneció a una anciana que solía pasar sus tardes contemplando a través de la ventana. Algunos recuerdan su nombre, otros no. El olvido suele llevarse a muchas personas, pero ella sí la recordaba, a pesar del tiempo. En su memoria, se acercó a la ventana a observar lo que ella observaba, y lo que allí vio, la dejó sin palabras. 

El viejo roble que hace tiempo seco estaba, ahora brillaba como el sol en verano, envuelto es verdes hojas, revoleando al compás del viento sus fuertes ramas. Se sacudía como si dentro de él un corazón latiera cada vez con más y más fuerza. En sus raíces, sentado junto a la tumba de quien lo espera, se encontraba un hombre de ojos llorosos y alma en pena quien, junto a los guardianes y fieles gorriones, relataba historias ya prometidas en viejas épocas.

La enfermera conmovida entre lágrimas intentó escuchar: «Ha pasado tiempo, pero al fin volví, mamá». 

No sé para que publico, de todas formas no ves mis indirectas.

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