Gabriel Amador.
Sin título. 2022. Fotografía digital.

Últimamente recuerdo mucho abril, en especial esa noche, llovió, pero aun así el cielo estaba tan despejado que podía ver las estrellas. Esa noche que se burló en mi cara, por ser tan perfecta, o casi perfecta.

En la oscuridad tomé una decisión que a la distancia no sé si cambiaría algo, pero sé que me arriesgaría a cometer el error, o el acierto. Ahora es julio, y es increíble cómo pasa el tiempo, y como cada pequeño detalle me ha traído aquí, a dejar en papel mi tristeza, mis ilusiones aún latentes, en un sueño que cada vez se ve más imposible, el sueño que quería contigo.

Quizá las noches de mayo pasaron desapercibidas, pero en junio la luna nos hechizó de nuevo. Un desliz en las promesas que habíamos hecho, quizá el deseo que habíamos contenido tanto tiempo, el misterio, el ansia, la ilusión y el amor. Fue suficiente el roce de labios, el jugueteo de manos, y la noche, para que comprendiera que ahí quería estar por siempre.

Empezó julio, la lluvia, la oscuridad, el silencio, tú y yo. Siempre tendremos esa noche del viernes, será de los grandes recuerdos que tengamos, aun cuando existe la posibilidad de construir nuevos, sé que esa noche será…eterna. Dos noches, dos noches que sembraron en mí infinidad de emociones, de ilusiones incontroladas. La luna, tu piel rozando la mía, tus labios y los míos, eso era todo, todo para querer congelar ese momento.

Aun suplicando la infinidad de esas noches el tiempo no me hizo justicia, el amanecer llegó, y aunque nos permitió despedirnos, nunca será suficiente, nunca le perdonaré al sol que haya aparecido, nunca olvidaré, y sueño que tú tampoco.

No sé para que publico, de todas formas no ves mis indirectas.

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