2023-428

Uriel Ramos.
Catarsis. 2021. Fotografía digital.

Este auto era distinto camioneta con asientos de piel y no sé qué otras cosas. No era el Tiida gris 2014 al que yo estaba acostumbrado. De fondo, Arcángel no recuerdo la canción. Decías que desde pequeño habías esperado la segunda parte de un disco que salió hace cerca de 15 años. Te oía contento. El trayecto era corto, no más de 10 minutos hubiera querido que durase más. Hubo un silencio.  

Flashback.  

En mi mente empezó a reproducirse No hay palabras bonitas, de Charles Ans: «¿sabes? Sigo sin despertarme tarde, sigo sin chica, sin cambiar mis planes, comparto casa con otro par de titanes».

Estoy en el asiento trasero del Tiida que nos acompañó de la escuela a la casa, de ida y vuelta, de lunes a jueves, los últimos 5 años; platicando de cualquier cosa, de todo y de nada. Me trasladé a las viejas noches desbordadas entre música, platicas y risas.  

Decidí ir a verte porque algo en mi me dijo que lo hiciera. ¿Por qué de ese impulso? No lo sé. Pero, sí sabía con franca tristeza que un día de estos te irás para no verte en muchísimo tiempo o, tal vez, para no volverte a ver. Entonces lo supe: tenía que ir.  

Platicamos, comentamos algunas obviedades, nos pusimos al tanto con el chismecito pendiente. Inevitablemente, recordamos algunas anécdotas de los buenos viejos tiempos tal vez ni tan viejos ni tan buenos, pero así queríamos recordarlos. Había una despedida detrás de las palabras. Lo sé. 

En algún punto, los temas parecían terminarse, aquella conversación tenía que hacerlo, pero nosotros no.  

Venía preparando mis providencias sanitarias para el trayecto de regreso porque pandemia: doble cubrebocas, un quirúrgico debajo y encima un KN95 según el vendedor, googles de electricista, spray sanitizante en la mano izquierda mientras la derecha buscaba, toqueteando sobre los bolsillos, la moneda que completara el boleto de vuelta. Se escucha un tintineo, asisto a él con la premura de haber llegado al destino. Había que despedirse. Eran 8:30 p.m. Llame rápidamente a mi padre: «ya voy de vuelta, llego en 25». Abrí mi puño y era un colono costarricense con un par de peniques canadienses un par de horas antes me los obsequiaste en prenda de la amistad.  

Intercambiamos algunas palabras, te recordé que de necesitar algo me avisaras. Ya habíamos dicho todo lo que se tenía que decir unas horas antes. Te agradecí por todo el apoyo, las risas, los abrazos. En suma. Por lo brindado a lo largo de 5 años.  

Ya con el auto detenido a un costado de la estación, te di la mano, volví a agradecerte golpeé tu hombro, no quería devolverte la mirada, no deseaba saber si era la última vez que lo haría. Al menos en mucho tiempo.  

Y todo comenzó causalmente al dirigirme la palabra mientras me asomaba en aquel salón, de la primera clase, el primer día, aquella tarde primera de agosto del 2016, diciendo: «si, carnal, aquí es. Manuel Alejandro. Mira que chingón. Yo también».  

Buen viaje valedor. Nos volveremos a ver.  

«Porque yo solo escribo para que me quieran mis amigos», decía Gabriel García Márquez 

No sé para que publico, de todas formas no ves mis indirectas.

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