Graham Bowes.
Sin título. 2021. Fotografía digital.

[Originalmente este texto se escribió para ERRR Magazine en 2018 y permaneció allí hasta que borraron el registro].

Todavía ocupábamos aquella computadora vieja —por la que había que esperar un buen rato— cuando mi padre, con su tono serio, me presentó Girls And Boys, de Blur, luego de una charla inusual en torno a mi gusto por The Black Keys, The Clash y Guns N´ Roses. Sucedieron después algunos días de introspección, de desidia y curiosidad, hasta que aquella canción se volvió la primera en mi lista. Con ella vinieron otras como There’s No Other Way, Country House y Song 2, para confirmar la poca casualidad de ese puesto. Desde entonces, Damon Albarn me ha acompañado de un modo u otro —desde las caminatas a las asambleas del movimiento politécnico, las tardes de miedo, los momentos nostálgicos, hasta las noches de soledad en el parque, con el aroma a pintura y el pensamiento profundo.

Con el paso de los años aparecieron ante mí, como trinchera, otros proyectos suyos —Rocket Juice & The Moon, de la mano de Flea; Gorillaz, animado por Jamie Hewlett; The Good, The Bad & The Queen, junto con Simon Tong, Paul Simonon y Tony Allen; la ópera Doctor Dee, organizada con el director de teatro Rufus Norris; Africa Express con su mundo aleatorio; DRC Music; y su álbum como solista—, además de sus tantas colaboraciones, de las composiciones musicales para filmes y de su bronca con Oasis. Cada cual con su esencia y su íntima sinergia, por supuesto. Todo ello, creo, ayudándome a entender el mundo desde otra perspectiva, o por lo menos como un modo de ver al cual recurrir cómo ejemplo. Es decir, contextos y producciones que al mirarlas de lejos le permiten a uno insinuar, descubrir, cuestionar y descomponer las aristas alrededor de la música, o la sociedad, sobre las maneras de producir y las formas de enfrentar la fama, por decir algo, que le permiten a uno desmenuzar la amistad, el amor, la identidad, el liderazgo, la flexibilidad, y que en sí mismas hacen de revelaciones con las cuales analizar la vida moderna, el mundo del mañana, pero sobre todo el pasado y sus fibras dramáticas. Dicho de otra forma, es como si aquellos proyectos fuesen más bien ventanas a otros horizontes humeantes y confusos, a la vez que hacen de goce y llamamiento. Como una especie de universidad a la carta de la que yo puedo disponer si necesito. Quizá más bien como una biblioteca sobre cómo colaborar y cómo crear, insisto.

Es verdad que bajo esa tutela, valiéndome de ese proceso abstracto, me adentraba inocentemente en el mundo del lenguaje, del entendimiento de las narrativas, la retórica, de la alta complejidad del arte y su sustancia, sin haberlo advertido. Se volvió un viaje. Entonces, mientras apreciaba su música, caía en cuenta que podría usar eso de guía para articular mi rutina y mi quehacer creativo, y que esta particularidad accidental y aleatoria de lo que hago, en realidad podría ser el camino y no una condena como había sido hasta entonces. Damon, por tanto, se había vuelto un maestro —confidente y problema— para mí, con las diversas fases de su obra y con sus múltiples personajes y voces. Se sintió siempre cercano. Estaba ahí cuando tenía duda de como resolver un proyecto, por ejemplo, y que si había que hacer los planos de una casa y algo no iba bien, siempre podía acudir a una entrevista, a un sample, a un momento particular de una canción que luego me llevaba a una pregunta generalmente. Y que luego me llevaba, sin embargo, a otra creación muy distinta de alguna otra cosa.

Para cuando reconocí aquello, ya había tomado esas lecciones y esa inercia, esos tonos, esa sorpresa, con las cuales habría construido accidentalmente obra pictórica y literaria, y también un par de playlists, en cuya naturaleza se ocultaba una personal historia. Había ya dedicado, muy enamorado, por cierto, Black Book y The Moon Exalted —más como himnos de una realidad oceánica y mística—, por decir algunas, de forma bastante reservada, pero asimismo extrovertida. Como sea. Habiendo tomado esa presencia inconexa y melódica, casi fantasmal, para reconstruirme, creo que encontré también una especie de liberación. Y creo que ahí radica pues mi amor por Damon.

Es decir, sin darme cuenta, las innumerables performances de aquella figura habían corrompido mi quehacer cotidiano. Habrían encontrado esas sombras, en ese resquicio —hoja en blanco— respuestas a dudas extrañas, preguntas extraordinarias y proyecciones mágicas, como ecosistemas donde mirar dentro. Ejemplo de ello pudieran ser todas las veces que reflexioné sobre dónde empezaba una identidad y terminaba otra —dónde comenzaba Gerardo, dónde acababa Ikeoner—, o las veces que me pregunté cómo podía configurarse esa aura privada y auténtica en múltiples lugares y con múltiples personas y grupos distintos —evidentemente todas con su encanto—; o cuando titubeaba entre abanderar uno u otro equipo o representarme a mí solamente, si partir de una idea, si partir desde el deseo, si sólo hacer collage como prueba, si probar con un método, la duda de si uno se abre al mundo, comparte sus temores, o se cierra y se protege a la vez que se diluye. Creo que Damon Albarn me ha enseñado eso: lo random puede no sólo ser estandarte, sino instrumento, y que colaborar no es solamente pensar en voz alta, a veces es mostrarse frágil ante la tempestad de una mirada ajena.

Ahora usamos en casa otros artilugios y tecnologías eficaces y rápidas. Ahora, también, mi padre se molesta cuando, al encontrarnos lejanamente, identifica a sin querer el coro de Man Research (Clapper), o cuando me imagina cantando Merrie Land entretanto cocino o pinto, o trazo o limpio. A decir verdad, no recuerdo cuantas veces he mencionado ya a mi hermano o a Ana lo que he aprendido de Damon Albarn, o cuantas veces, a modo de drama, he utilizado alguna obra suya, algún gesto, sea en constitución o en materia, individual o en coparticipación, para aterrizar o escudriñar un concepto —que va inclusive de lo artístico a lo arquitectónico, o de lo cotidiano a lo onírico. 

Es curioso que, mientras escribo esto, al fondo se escucha Y’all Doomed, seguido de What Is This Loneliness —su colaboración con Deltron 3030 y Casual. 


No sé para que publico, de todas formas no ves mis indirectas.

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