Andie Wong.
Sin título. 2018. Fotografía análoga.

Son las 11:06 de la noche. A lo lejos suena Honey con su llanto canino que parece decir algo importante. Pasan las patrullas en la calle a toda velocidad. Es el sonido cotidiano, dice mi hermano, entretanto Honey se sacude frente a mí antes de ir a la ventana a ver el chisme y de ladrarme para que la alcance. No voy a ir, le digo a ella, eventualmente. 

— Trato de concentrarme, Honey. Hace rato que no escribo algo. ¿Crees que debería escribir?

Ella sólo me mira de reojo y se pone en marcha, como si la pregunta fuera banal, al fin y al cabo. Tal vez lo es, le respondo a Honey, en tanto que le escribo a M. Le digo lo mismo. Hace rato que no escribo, le repito. «Escribir es una de las cosas más lentas de la vida», pongo en el mensaje. Y es que escribir bien requiere tiempo, digo para mis adentros. Hablar en simple, sin embargo, es de lo más complejo.

Pasan los minutos. Me pide Honey luego, con un ladrido suave, que abra la ventana para que ella pueda tomar aire y ver qué pasa. Alcanzo a reconocer un ronroneo del departamento de junto al abrirla. Seguramente es el vecino con su escandalosa lavadora que pone en la madrugada cuando se le olvida el uniforme del trabajo. Quién sabe. Ciertamente no me interesa.

Enciendo luego la computadora en un impulso irónico, de desesperación o aburrimiento, quizá, y me pongo los audífonos, los conecto a mi teléfono con 1% de batería. Es sólo el aviso de que no quiero interrupciones. «Ya me voy a dormir», responde M, no obstante. 

Me quedo mirando su fotografía en el chat, disociando. Me pregunto, acaso, si alguna vez ella lloró desconsolada por el amor de su vida en una noche lluviosa. El drama de la vida inunda nuestras historias, concluyo. Cavilo: ¿cuántos textos a lo largo de la historia han comenzado con la hora y han terminado con una declaración romántica? Sigo pensando. En realidad, no sé de qué escribir. Me vienen a la mente muchas ideas y ninguna en realidad. Escucho los grillos en la ventana. Honey se echa un traguito de agua y se echa después en el sofá, sin hacer ruido. Cierro los ojos, los vuelvo a abrir. Y al entrever al fondo del pasillo mi propia vacuidad, tan sólo me dedico a leer los textos que escribí alguna vez en ERRR hace un par de años.

—Sí que era malo escribiendo —digo al aire—. No sé cómo alguien iba por ahí con ganas de leer estas chingaderas.

Pasan los minutos. Se me enredan los cabellos al pasear mis palmas sobre la cabeza. Me acuerdo de A, de su risa dulce. Decía ella que cuando jugaba con mi cabello era señal de que ya tenía sueño. Era una imagen que a ella le causaba gracia, supongo. Como sea.

—Chale —le digo a mi hermano—. Me siento cansado.

—Ya duermase, pillo —responde, al tiempo en que enciende el televisor y pone un capítulo de Los Simpson—. También usted. Quiere seguir jalando a la hora en que salen los fantasmas. Y nomás lo encuentran pegado a su computadora.

No digo algo. Pienso en la imagen de la lluvia cayendo en el Estadio Azteca durante el atardecer. Y en la risa de M, y en la mirada cansada de A sobre el intenso oleaje de la ciudad nocturna.

—Lo que tú no sabes es que tengo una lista de novelas que me gustaría escribir. No recuerdo cuántas son o para cuántas me alcance la vida. Pero, por lo menos unas cuatro o cinco me gustaría contar. 

—Dedíquese a una sola cosa. Tiene que elegir que quiere hacer, no puede ir por ahí haciendo de todo —dice mi hermano, cansado también.

—Déjame tener vida de rockstar, aunque nomás traiga un peso en la bolsa. Es así. Igual y nunca escribo ni una, pero tan sólo la posibilidad imaginaria de aquello me quita cierta carga.

Mi hermano ríe, estresado igualmente, frente a la televisión. Es el capítulo aquel donde Bart se va de pinta, y es perseguido por el profesor Skinner. Todo un canon. 

Haciendo cuentas con la calculadora de su teléfono, mi hermano se postra pensativo. Ha perdido dinero en la bolsa. Sólo él sabe cuánto. Seguimos escuchando, acaso, las sirenas de las patrullas, coches corriendo a la distancia, como drifteando. Una mezcla sonora de rutina y calle con tintineos de cumbia de alguna fiesta en la colonia.

«No sé sobre qué escribir hoy. Lo dejaré para luego», le digo a M. Honey se acurruca a mi lado. 

—¿Te conté que en la semana me persiguió un perro negro? —digo mientras mi hermano prepara cereal con yogurt—. Salí a correr como a las cuatro. Me encontré con el perro. 

—¿No dormiste?

—¿No te pasa que luego pierdes la noción del tiempo? 

En Twitter aparece una ilustración de Chepe, seguida de un dibujo de Jamie Hewlett.


No sé para que publico, de todas formas no ves mis indirectas.

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