Que benévola catástrofe:
la ida y venida —no me detiene, no me impulsa.
Es este lugar al que regreso:
las luces, el humo, camufla el poema taciturno.
Es decir, puedo caer;
esos pasos fluorescentes junto a la mesa
—sonido de agua quieta, puedo acariciar su voz de terciopelo roto;
te recuerdo, claro,
me veo, te veo, nos veo, (ojalá no te hubiera visto nunca)
(me lo dijiste
no te creí, no te creo, no te creeré nunca
de eso se trata)
Deja que me envuelvan sus regalos. Anda. De todos modos ya no me cuida tu promesa.
Este es mi idioma: soy yo sonámbulo
sorteando el aroma a aceite fresco
y el accidente rutinario, apenas me sostiene.
—No atendí el llamado, perdóname, amor,
decidí quedarme acostado
esperando el final
por si acaso vuelves.
¿Me recordarás?
¿después o antes?
¿Con la sonrisa o con el llanto?
O sea, aquí empezó todo.
Aquí terminó todo.
Incluso la gente sabe
que los jueves viene un hombre
(disfrazado de serpiente).
Viste de sombra. En el rincón se sienta,
pide un trago y brinda (silenciosamente)
por eso que le mantiene aquí.