—¿Crees en los fantasmas? —pregunto al aire.
Los minutos suceden. La ciudad tiene un dejo de cansancio, o de hartazgo, o simplemente es domingo y el mundo espera presionar skip eventualmente. Es decir, lo notamos en el ambiente. Las fachadas de concreto parecen iluminarse de un color anaranjado medianamente triste. Los transeúntes en pijama. Casi no hay vendedores. Escuchamos un par de frases gabachas a lo lejos. Nos irritan, claro, nosotros seguimos el paso, sin embargo, sin verles a los ojos.
—A veces me gustaría mirar la ciudad como un turista gringo —digo.
—Cabrón, hace un chingo de calor —responde Punki, ensimismada. Hace una pausa. Acto seguido, entramos al Lumen en nuestro segundo intento por imprimir una revista en opalina—. ¿Será por el tipo de techo?
—Se siente como estar en la playa. Me recuerda al Don Pato. Era una gran época.
El Don Pato es un bar en Sayulita, generalmente de buen ambiente. Allí hace un calor intenso también, le digo a ella. Aunque es sorpresa que su cuenta de Instagram no rebasa los mil seguidores y tenga tan mal contenido. No le hace justicia al dramático lugar que representa. Otras personas nos escuchan divagar al respecto. Intentan meterse en nuestra charla. No sé porqué pensé en eso.
Nos volvemos hacia el mostrador, no obstante, y nos recargamos frente a las computadoras negras y desalmadas. Nuestras ojeras nos delatan. Ha sido una semana dura.
—Hola, queremos imprimir de nuevo este archivo. Lo que pasa es que imprimimos hace un rato, pero la impresión salió al revés.
Ambos nos miramos. ¿Será este el peso de la rutina? ¿Por qué volver a venir? ¿Por qué no nos dimos cuenta que el archivo venía raro? ¡Qué gasto innecesario! Hubiéramos comprado una impresora desde hace unos días, como dijimos, decimos para nuestros adentros. Como fuere. El trainee del Lumen nos observa de reojo. Sabe él que ni Punki ni yo podemos ya con el tintineo de la vida, que llegaremos a casa, beberemos un sorbo de agua fría, articularemos un par de frases y luego cada uno se irá a dormir profundamente en un rincón de la casa. Por tanto, tiene que actuar rápido. Es cuestión de instinto.
—Claro —responde el chico, mientras teclea un par de comandos: asignar impresora, tipo de papel, bandeja tal. Como si lo hubiera memorizado—. Vinieron hace un rato, ¿verdad?
—Si. Hace como hora y media.
—¿Quién los ayudó a imprimir? Para ver si podemos hacer algo.
—Era una chica de lentes, cabello rojo, de tez jaspe.
—Si, era una chava.
El trainee continúa con su proceso, como si en realidad nos hubiese preguntado por compromiso. Click acá y acá, comandos rápidos, ni nos mira. Su camisa polo negra parece incomodarle, o será la tensión en torno a ser observado, o el que esté a prueba, aún así se acomoda el cuello para que no notemos su agobio. Parece que es un proyecto difícil. Él sólo sonríe.
—Qué raro, aquí no trabaja ninguna mujer así. De hecho, creo que no trabaja ninguna mujer en esta área. ¿Seguros que vinieron hoy? —dice, incrédulo.
—Si… Nos imprimió en opalina de 200, sólo que…
—Nosotros no manejamos ese tipo de papel —replica—, quizá fueron a otro lado. Acá solo hay 150 gramos y 250 gramos.
Tal es la fatiga que incluso discutir al respecto parece absurdo. Si, nos imprimió esta persona, nos ofreció este tipo de tal y tal, que negligencia, ojalá nos reembolsen algo, esto no es un trato digno. Al final, nada de eso merece la pena. Por favor, imprimamos esto, ayúdanos, sálvanos, le decimos con la mirada. Sólo queremos irnos, ¿sabes?, pensamos. Punki otea el filo del mueble de madera, como resignada a pasar más tiempo en esa bodega de efecto invernadero. Mi teléfono suena. Es algo del trabajo. Algo urgente. Tal vez todo esto es karma. Tal vez sólo es el destino con sus formas abstractas de decir algo. Tal vez es solamente nuestra manera dispersa de actuar en todo caso. Tal vez sólo somos demasiado distraídos.
—¿Qué haría Mikasa en nuestra situación?
El tiempo corre. Aprovecho la duda del trainee para colgar la llamada de tajo y explicarle de qué se trata y cómo hay que imprimirlo. Punki reacciona, toma una hoja de papel y da ejemplos, hasta que queda claro.
El chico, atento, llama a su supervisor para que no sea él quien se responsabilice del impreso. Supongo que es un acto tibio. Este segundo acciona, molesto. Y tras un vistazo a la configuración inicial, saca unas pruebas y le explica al trainee que es mejor unir los PDF, menciona, para ahorrar tiempo y optimizar la tinta. Todo en orden al parecer, ellos se dicen, aunque tardado el proceso. Procedemos a imprimir el documento final y nos quedamos esperando. Como viendo al vacío. Yo con la mirada atenta a las cajas de regalo al fondo del mostrador, Punki observa la gran impresora haciendo malabares. Tal vez piensa en la mujer pelirroja. O en la vez que presuntamente nos hicieron brujería.
Entreveo a Punki recargada apenas me doy cuenta que han pasado unos minutos en automático. Ella con la cabeza baja, la mirada ausente, quiero decirle que sonría un poco, que me cuente cómo se ha sentido estos días, pero al cabo sólo le cuento de la vez que me quedé atrapado en el metrobús y del calor que hacía. Ella me mira como si no quisiera en realidad escuchar mi historia, pero tampoco me lo dice. Ambos suspiramos, casi como mecanismo de resistencia. Hay que comprar flores pronto, nos decimos. Hay que comprar un ventilador.
—No soporto esto ya, siento el cuerpo como enfermo. Esto se siente raro. ¿Será una maldición?
—Me voy a morir, wey, lo sé. Lo sé. Es una señal.
El trainee nos califica de pies a cabeza en un gesto iracundo al entregarnos el ticket. Tal vez le hemos colmado la paciencia, tal vez, sin embargo, solamente somos malos clientes. Las impresiones bien, por cierto, aunque extrañamente pagamos menos que la primera ocasión que lo intentamos. Mucho menos. Ah. La chica pelirroja nos habrá estafado. En fin. Si, si, no, no tenemos tarjeta de puntos, no queremos esta promoción limitada, amigo, sólo déjanos pagar, entiende que queremos huir de este mundo y que el dilema alrededor del medioambiente en este momento no es más grande que el dolor que cargamos en la espalda. Gracias por entender. Y hasta ahí el momentum.
En otras palabras, las ojeras pesan. Nuestras pupilas, como concreto deslavado, develan el espíritu inhóspito que nos acompaña. Guardamos la revista impresa en opalina de 250 gramos y salimos a tomar aire luego de comprar una botella de agua en la farmacia. Punki espera su DiDi. El mío tarda todavía otro tanto. Platicamos ambos sobre los planes de la semana y si deberíamos salir de viaje. Otros gringos nos miran cómo señalando nuestro aspecto. No sabemos si somos un gran ejemplo de una charla dominguera o sí nos utilizan como retrato de una ciudad que agoniza.
—Me gustó ese restaurante de comida hindú.
El sudor que llevamos en la frente nos quita glamour. Notamos en el ambiente esta ola extraña de fatiga y desenfreno. No es nuestro outfit digno de una escena cinematográfica. Aunque en realidad nadie lo notaría, creo, siempre vestimos de negro.
—Mira, ya está cerrado —dice ella.
—Quizá cierran temprano. Es domingo.
—¿Y si nunca estuvo abierto y en realidad estamos atrapados en la matrix?
—No digas mamadas, wey. Aparte, cabrón, todavía tengo que ir con mi mamá. Le prometí que iría a verla. Si quiero ver a Honey.
En eso pasa una ambulancia delante nuestro. Le siguen pitidos de claxon.
—¿Y si en realidad esa mujer que nos imprimió nunca existió? —menciona Punki, más reflexiva que irónica. Lleva ella una expresión tensa—. De verdad, ¿por qué siempre nos pasan estas cosas?
Los dos nos quedamos ahí, meditabundos, sin decir algo. Es el hedor de la calle tan intenso y tan crasamente cómico que nuestros pensamientos parecen gelatina puesta entre el refrigerador y la ventana. Llega el momento de la despedida y ambos nos alejamos luego de un abrazo. Puede que sea esta otra de nuestras misiones secundarias.
—Nos vemos al rato entonces.
—Si. Avísame cuando llegues —el DiDi de Punki se pierde entre el horizonte que tiene ya un efecto dreamy. Me hubiera gustado fotografíar eso.
Minutos después llega un Spark rojo de entre la bruma.
El interior del automóvil presume sus luces fluorescentes debajo de los asientos de piel, huele a canela. El bochorno apenas se escapa por la ventana del copiloto, toda vez que la mirada del conductor oscila constantemente en el espejo retrovisor. Mira él su teléfono a ratos. Se siente la sacudida de las bocinas. Me nubla la vista. Ojalá pudiera cerrar los ojos, me digo.
—Ojalá Punki encuentre la respuesta —musito mientras el sol vespertino baña mi hastío—. Ella sabe cosas.