Kai Schreiber.
Zwei farben braun, 2021. Fotografía análoga.

¡Qué raro pensar en escribir una carta! Tan crónicamente vintage y asimismo tan vago su proceso. Es decir, mientras escribo esto pienso en dos cosas, por un lado, en cuándo fue la última vez que escribí para alguien y, por otro, en la magia que contienen las conversaciones asíncronas, eventualmente atemporales, incluso líquidas, en las que la instantaneidad en realidad no aparece o pasa a un plano distante que sirve sólo para acotar el tiempo en que se inscribe. Palabras que duran años o no duran, simplemente porque es el tiempo, justamente, quien determina su valor. Quizá por eso las cartas se vuelven una bandera de lo romántico, imagino, no por su contenido, sino por su formato, que ya en sí mismo crea una atmósfera lo bastante bohemia, lenta, con la que mirar lo que sea que haya que mirar.

Como sea, esta no es una carta romántica, debo avisarte. Creo que es más bien una especie de pensamiento en voz alta —desde la rutina, a la cual recurro hoy para enunciar lo que quiero decirte—. También debo confesar que aunque me hubiese encantado escribir esto a mano, con el ritmo íntimo del pulso de quien se ahoga —o lo que sea que digan quienes escriben cartas, mamoneando sobre su lenguaje o la forma de emplazar sus enunciados pretenciosos—, la verdad es que no me gusta escribir así. Me gusta más escribir en la computadora. Creo que el ejercicio pensamiento-palabra es más rápido y sincero. O sea, la mano y la cabeza no van a la misma velocidad. Y el Google Docs tiene cierta belleza, pues. Y así, si un día muero, pueden encontrar todo en la nube y publicarlo, o robarlo, o sólo mirarlo y decir: «que chingadera acabo de leer» y echarse luego cloro en los ojos. 

Una vez dicho lo anterior, entremos en materia. Lo cierto es que lo que quiero decir va en dos sentidos: primero, agradecerte, y luego hablar al aire. Agradecerte, te digo, o agradecer u homenajear la coincidencia-fortuna de encontrarnos ahora compartiendo un cachito de nuestras rutinas disímiles. 

Y es que esto se desdobla en un montón de circunstancias bien aleatorias. Porque encontrarte ha significado volver a soñar rebeldemente, quizá porque más allá de las conversaciones nocturnas o las maneras de hacer leo en tu voz ese deseo de comerse el mundo, de mirar lejos, de simplemente idear y componer para aprender-digerir con los procesos, sea cual sea su resultado final. Al mirarte de pronto viajo en el tiempo, me recuerdo, me contemplo, y veo acaso las preguntas que dejé de hacerme en un momento de la vida en que probablemente dejaron de importarme ciertas cosas. Al mismo tiempo, sin embargo, veo también esa llama a la que soy ajeno, esa chispa de quien tiene la sensibilidad y el talento suficiente para incendiar el bosque o cobijarlo o traducirlo en algo más. Y aunque suene como a un discurso cliché, lo digo genuinamente. Porque la fuerza creadora va más allá de las herramientas, de si uno tiene una cámara tal o cual o de los mecanismos de los que dispone, se concentra en el corazón y en la forma de hablar, en el quehacer cotidiano. Es decir, allí se manifiesta. No puede ocultarse. Se nota por la forma en que parece que a uno le pasan cosas random, creo.

Si bien el destino te llevará por muchas trincheras, alejadas y caóticas, es esa esencia que le permite a uno generar su lenguaje o sus lenguajes mientras va caminando. Dicho de otra forma, son pocas las personas capaces de abstraer el contexto y sus subtextos para desde ahí articular un modo de ver, y creo que en ese sentido tú lo tienes. Por eso, quizá al mirarte o al discutir contigo veo revelada ante mí la antesala de una carrera creativa (y digo carrera englobando identidad y presencia) que puede ir desplazándose o bailando con distintos universos toda vez que seas consciente. Tal vez por eso me llene de júbilo pensar de nuevo en la revista contigo, en distintos proyectos que dejé aparcados o que pararon sin que me diera cuenta. Creo que la suerte tiene a veces formas bastante elocuentes de decir las cosas o de sacarlas a flote. Y esta extraña coincidencia es una de ellas. Porque de otro modo no hubiera llegado nunca a conclusiones desde la emotividad.

Ahora bien, más allá de todo este momentum poético, sí que quiero resaltar la paz y la autenticidad que transmites. No para que desde el ego digas: «ah, claro, cabrón, pues soy todopoderosa-linda-creativa-excepcional-contemporánea». Sino para que sepas que, por lo menos desde donde lo veo, proyectas valores que van más allá de conceptos cómo la belleza, el futuro, el liderazgo y la profundidad, que aunque eventualmente te conforman, no eres ni serás sólo eso. Supongo que ya lo sabes. 

Gracias por el espacio para imaginar universos y criticar el mundo. No sabes cómo aprecio el poder otear de repente desde el descubrimiento. Espera, eso suena a despedida. Imagina que te lo digo una mañana cualquiera mientras me chingo mis confleis. Y al final tampoco quiero que esto se mire como lo que dice un gurú que ve la verdad a través de su bola de cristal y lo traduce a horóscopos, irrefutables aparte. Que lo que digo lo digo con el corazón abierto, como el wey random que te encuentras en el Metrobús, quien te dice de repente que tienes una gran sonrisa y luego no vuelves a ver porque se perdió entre la multitud. O sea, no como quien te manda flores sino como quien intercambia poemas en las afueras de un bar y luego se esfuma.

Sé que lograrás aquello que dicte tu risa. Lo llevas dentro.

Que sepas que por escribir esta carta se me olvidó lavar los trastes. Los lavo otro día. Cambio y fuera.

Ciudad de México.
28 de febrero de 2025


No sé para que publico, de todas formas no ves mis indirectas.

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