A veces me cuesta entender,     ciertamente,
que yo fui quien te asfixió,
quien mutiló tu preciosa risa, quien quemó tu voz,
quien inspirado por la neblina taciturna
dejó                       que el abismo lo inundara                          hasta hacerlo polvo,
quien tomó la daga que guardaba bajo la cama una de esas noches,
desesperado por no encontrar respuestas                          a su propia ausencia,
quién le prendió fuego luego sin detenerse, y la clavó dentro de tu cuerpo eventualmente
mientras este me abrazaba
para contener el llanto                 que me acosaba lentamente.

A veces me cuesta entender,                      por supuesto, créeme,
que fui yo ese fútil hombre, la crasa sombra infame,
envuelta en espinas de aluminio húmedo,
cuyo tacto pronunciaba guerra y despedida,                      y desprecio en clave;
quien trató de sostenerte torpemente con su palabra entrecortada
entretanto fantasmas deambulaban por la habitación con sus cuchillos
exigiendo sangre cómo ofrenda
para seguir el baile                         un par de horas.

A veces me cuesta entender,     te digo,
que yo fui quien extinguió tu celestial encanto,
quién marchitó tu aura, quién cesó tu luz,
quien ensimismado hizo trizas tu memoria una mañana,
quién aventó al océano el castillo de arena
                que construimos juntos con el tiempo,
quien pensó                       que al romperte serías inmune al daño,
al súbito impacto
de la caída en picada, las manos atadas, la respiración ansiosa,
quien te imaginó por tanto desenvuelta una vez quebrada
sin la pena                          en torno a juntar las cenizas regadas por la sala
para con ellas esculpir un mausoleo
que dejar luego en el centro de la ciudad            a la vista de todos.

A veces me cuesta entender,                      sin embargo,
que fui yo quién disparó primero,
quién sujetado por el ruido dio golpes al aire                   cómo último acto,
                y entonces, desde la calle, ya solitario, intentó recordar el prejuicio hecho
                                siguiendo sólo las marcas de fuego
                                que quedaron impresas               sobre nuestra casa de madera.

No sé para que publico, de todas formas no ves mis indirectas.

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