Han pasado ya unos meses. Durante todo este tiempo no me atreví a escribirte, aunque claro que estás presente todas las horas. Sólo no lo hice. Ha sido difícil. En fin. Creo que lo sabes.
Como sea. El otro día recordé la noche en que fuimos al departamento de Moisés, en Coyoacán. La primera vez que nos vimos los tres. ¿Recuerdas? Aquella vez nos encontramos tarde. Según recuerdo, habíamos ido antes al Centro Histórico, aunque no sé a dónde exactamente. Creo que habíamos salido meditabundos a media noche de algún bar mundano y caminábamos hacia el Zócalo, entretanto charlabamos en torno a la oscuridad de la ciudad, sus latidos, a una serie de acontecimientos extraños entre los que estaba la marcha aquella por Ayotzinapa donde casi fuimos sometidos por los granaderos de no ser por la ayuda de otras personas. Seguimos hablando aquella noche de política, por supuesto, de lo malo que es el Poli, de las aventuras expresas en los cuarteles afanosos en Guerrero a donde fui a meterme, y de la vez que fuimos a tomar una caseta a la salida de Querétaro y terminamos en el Casco contando cantidades estratosféricas de billetes. Nuestras charlas siempre fueron caóticas, en cierta forma complejas. Todas nuestras dinámicas, supongo. Pasa que nos llenábamos los ojos de ilusión y de rebeldía, y éramos apenas unos niños. 18 años. Ah. El futuro era nuestro.
Esa fue la primera vez, luego de aquel semestre en 2014, en que nos vimos con más holgura, creo. ¿Fue así? ¿Recuerdas? Había pasado ya un año de ir de escuela en escuela… Las asambleas… El paro… Y quizá nos habíamos visto antes por casualidad en alguna cantina próxima a Bellas Artes donde hablamos de los presos políticos o de los fracasos, pero no lo recuerdo. Siento no recordarlo. Apenas iba yo a entrar a arquitectura y tú seguías peleando por entrar en la Esmeralda. Ya habías hecho tu primer intento. Moisés creo que ya estaba en el teatro. Todo es muy confuso ahora.
En fin. Insisto, recordé ese día. Habíamos pasado la noche los tres abstrayendo algunas cosas: circunstancias con tintes ensimismados, ahondamos en el lenguaje de cada uno. El tuyo, por supuesto, concentrado en la tensión y la contradicción, deseo-carne. De eso hablaban tus pinturas y experimentos. Nuestro lenguaje, sin embargo, siempre fue por otro lado. El de Moisés ha sido siempre aventurado, más social y crítico, creo, mientras que el mío quizá sólo es melancólico. Uh. Aquella noche comenzó todo como una charla sobre la vida moderna, recuerdo, seguíamos bebiendo cerveza y comiendo Doritos, por alguna razón terminamos hablando de la periferia, de la nostalgia, del poder de la tristeza. Mezcla de cosas: entre añoranzas y discusiones sobre las conductas de la gente. Quizás hubo un interludio antes en el que desmenuzábamos la poligamia como un tema que dirige la identidad de las sociedades, aunque no recuerdo habernos quedado allí por mucho tiempo. Es verdad que nos burlamos de todo varias veces. Creo que también conversamos sobre Gilles Lipovetsky, Yves Klein y Ennio Morricone, aunque de un modo vago. Extraña relación. ¿Por qué hablábamos de eso?
Ah. Aquella noche fue extraña per se, ¿sabes? Llegamos a un punto crítico y lúcido al que no recuerdo llegar de nuevo. No por el alcohol. O quizás sí. No sé. Tampoco por los temas de los que hablamos, que fueron muchos. Creo que fue más bien por lo bohemio del asunto, lo profundo, lo extraordinario. Era un viernes. Por primera vez hablamos en clave de futuro, pero desde un punto de vista personal.
Luego de un rato conversando, recuerdo, hubo una especie de distancia. Los tres nos detuvimos. Alguien apagó la luz de la sala y nos recostamos en el suelo. Alguien suelta al aire un: «me voy a casar con esa morra, van a ver». Después risas. Acto seguido, una charla profunda sobre lo que entonces entendíamos sobre el amor verdadero. Ah. Curioso. ¿Cómo fue que terminamos ese día así? Creo que aquella vez, mejor dicho, nos dimos cuenta del lazo que comenzábamos a tejer.
A la mañana siguiente sólo vagamos. Estábamos cansados. Aquella noche duró bastante, pero fue en todo caso también solitaria. Cualquier cosa. Nunca supe a qué hora nos dormimos ni a qué hora despertamos, o si desayunamos todos. Finalmente fuimos a Cuatro Caminos —no existía el nuevo CETRAM—. Y allí, sin más, tomamos nuestros rumbos sin decir algo. ¿Qué pasó aquel día? Hubo algo además de la rutina de calistenia en los vagones del metro. Uh. Las danzas pasajeras. No puedo decir que allí empezó todo, pero sí que allí se articuló nuestra frontera y nuestra amistad disidente, real, efervescente. Luego de allí vinieron las reuniones, no tan frecuentes, pero sí poderosas, los movimientos, las expresiones, los consejos.
Sabíamos lo complejo que era mantenerse cerca. Siempre fuimos tan transparentes y tan duros con nosotros. Luego vinieron las fiestas clandestinas, por supuesto, las exposiciones, las visitas a museos, las huidas de la policía, las largas conversaciones en la Alameda, el podcast que nunca pudimos lanzar porque compramos el material equivocado, entre otras tantas cosas. Suelo ir al Centro Histórico, pero ya no voy a los lugares a dónde coincidimos. A veces me duele pasar por ahí.
Me cuesta escribir últimamente, pues. No sé a dónde va a parar la revista. Todos están allá afuera, pero nadie quiere detenerse para mirar atrás. Y yo voy por la calle llorando sin saber qué pasa en realidad.