De pronto, nos veo caminando, cansados y hartos del ritmo de la metrópoli. Estamos listos para entrar al 3B a comprar un galón de agua y unas galletas de fresa y unas Oreo. Suenan afuera cumbias y rap, y platica una banda de cholos que nos mira pasar por tercera vez frente a ellos. Yo te cuento del viaje en bici que hice para llegar contigo, toda vez que te narro las aventuras que tuve hace un año en el centro cuando salía con mis amigos cerca de Mesones: de la vez que nos escapamos de un bar para no pagar la cuenta, de la vez que me caí de un bache. Eventualmente, tu solo sonríes. Me dices, claro, mientras regresamos a casa, que quieres incursionar en el cine y me cuentas de las películas que debo ver para estar a tu altura. Miro tu mirada, pienso en tus fotos, y de pronto me siento en la antesala de una carrera profunda, como si hubiera visto un bautizo borroso. Sé que tienes dudas en torno a tantas cosas, lo noto en tus pasos. Entonces, te detienes sin pensarlo. Yo cargo las cosas, entretanto tú deambulas con esa calma que te caracteriza, y me reclamas por trabajar tantas horas al día. Luego, ambos reímos: tú sabes que serás increíble, yo sé que seré un bato vagabundo que tratará de poner su nombre en las calles cuando te quedes dormida.
Continuamos la charla, abres la puerta del edificio, nos vemos en el reflejo de la puerta y yo vuelvo a abrazarte. Al entrar al departamento, enciendes las luces y pones Radiohead, seguido de una canción de Damon Albarn que yo agregué a la lista de reproducción casi en forma automática. Tu ríes por eso. No me queda más que burlarme también. Si, siempre pongo la misma rola, te digo. Nos recostamos en el sillón a media luz luego de platicar sobre aspectos cotidianos: el trabajo, la suerte, las formas a veces afanosas que tiene el destino. Es el paisaje que me reconforta: el bajar la guardía sin pretender ser otra cosa. Sé que tú lo sabes. El silencio nos invade. De mi parte, dejos de nostalgia y cariño, porque no sé si eso que somos permanecerá mucho tiempo. De tu parte, levedad, angustia, aunque con tintes de tranquilidad. Sé que notas mi miedo, incluso me acercas a tu pecho. Yo con ganas de llorar después de todo lo que ha pasado, mientras tanto tú armando un porro y acomodándome, para acurrucarnos sin decir algo. Me abrazas. Me contienes. Te digo por tanto que le temo al futuro. Tu allí, callada, sólo me preguntas si quiero una mandarina. Lo que sea que me regales, te debo la vida.
Sucede la noche. En la vórganie de tus sueños, oigo que gimes, como si tuvieras pesadillas. Entonces, me acerco a tus hombros, tomo tu mano y nos acomodamos de cucharita, para que no me quites la cobija (ya van varias veces que paso frío). En ese instante cavilo en nuestras anécdotas: los picnics y las llamadas, las muchas veces que aprendí a quererte desde la lejanía, con las ganas de quedarme contigo en el río, las veces que no pude quedarme realmente porque estaba en la cama con la computadora encendida e Illustrator abierto. Quizá es el insomnio. Pues, me quedo pensando en nuestra complejidad, en la forma de querernos. Seguro estarás soñando con cuerpos de agua y flores de colores, imagino. Te veo de reojo, tus ojitos cerrados, tu calma. Y me siento en deuda, sé que esperas más de mí y del cariño que te extiendo. Es decir, soy un ente fantasmagórico en la gran ciudad.
Antes de caer dormido prefiguro cómo sería vivir juntos, despertar y desayunar todos los días: que me reclames por no comprar la fruta correcta, o que te diga que hoy hay que ir a tal o cual evento porque las relaciones públicas son importantes. En ese momento pienso también que no sé qué hacer; habrás visto como me cuesta decirle al mundo que te amo y que me has transformado (aunque luego pienso que esa narrativa del bato que construye su lore por una relación me parece insensato). Vengo de un mundo clandestino donde todo va muy rápido. Me lamento unos segundos por ser ese bato, por supuesto. Quien vive en un bucle depresivo, un caos constante desconocido por todos. Inclusive suspiro sin que lo notes. Habré pensado demasiado. En la madrugada, sin embargo, me despiertas con tu voz. Yo vuelvo a mirarte, sin dar mucho crédito, tú recostada, únicamente me pides que vuelva a acostarme y a tomar tu cadera. Tengo ganas de pedirte perdón por no tener fotos juntos, pero no te digo nada. Me siento a mirarte un rato más. Sé que esto no será para siempre. Mi rutina es a veces tan inhóspita que, incluso sin ser consciente, pienso que me llevará de nuevo al abismo de dónde vengo. No quiero que me salves. Sólo quiero que sepas que esto es (fue) genuino.