Jocelyn Ramos.
Sin título. 2022. Fotografía digital.

Cualquiera puede regalarte un soneto,
escribirte cartas, bailarte un poco.
En realidad, cualquiera puede darte flores
una mañana,
escalar montañas o dibujar tu nombre
en la arena de una árida playa
donde el mar no existe;
cualquiera podría olvidarse de sí,
pretender que muere
su abismo
con el amanecer
que parece ser más bello
que el ayer
y sus fantasmas
cada vez
que se pronuncia;
cualquiera podría bien ceder
su ansiosa piel
sobre las capas del vaivén
para reconfortarte
cuando te has ido,
sólo para hacerte sentir               vivaz
una vez más
entre tantas cenizas.
Cualquiera puede regalarte un beso
de despedida, de calma,
créeme,
cualquiera puede abrazarte
esos días
en que te miras al espejo
y sólo ves un rostro
de papel
que se desdobla.
Cualquiera puede acariciar tus demonios,
sentir la brisa sin nadar hondo.
Cualquiera puede acompañarte a casa
una noche,
tomar tu mano, cantarte algo
y dejar que el reloj se pasee por la cama
sin hablarse,
pero en llanto;
regocijarse en el glamour
de una pastilla,
habitar la inmediatez,
hacer un retrato,
viajar y sonreír
como único escape.
Cualquiera, en realidad, puede vivir el elixir
de lo efímero
sin reconocerse
ni reconocer allí
las cicatrices
del tiempo
ni su historia.
Cualquiera puede vestirse
de quimera, de deseo,
y ofrendar al cielo
sus raíces.
Así visitar los rincones
del placer,
sacudir el instinto
también
y entre atisbos compartir el lamento
como un gesto
cotidiano
de soledad
entre extraños
que se piensan.
Cualquiera,
cualquiera puede leer con sus yemas
el cuerpo;
pretender hallar allí el amor,
o la verdad,
pero no saber la desnudez,
la fragilidad
que se incendia dentro
al mismo tiempo
sin que nadie vea.
Cualquiera puede ver de lejos el naufragio,
y, sin embargo, no saber a qué sabe
el miedo al agua.
Cualquiera puede ser hogar de hielo
un par de horas,
huir,
dejar su huella
apenas bocetada
sobre la luz de la tormenta
que a veces nos inunda
cuando no hay cobijo.
En sí, cualquiera puede llegar
de repente,
iluminar el paisaje con su voz
de plástico,
hacer eco
al romperse,
como un caudal que se purifica
al tocar el fuego
sin darse cuenta que se quema;
cualquiera puede caer en la misma rutina
del cariño,
del abrazo,
el habitar el invierno
esperando la primavera.
La transparencia donde se despliegan
los minutos que perdemos
mientras soñamos con volver.
(Cualquiera puede acariciar la herida,
la penumbra
y, sin embargo, no saber qué hacer
después
con tanto caos).

No sé para que publico, de todas formas no ves mis indirectas.

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