Carolina Navarrete.
Sin título. 2023. Fotografía digital.

Se me olvidó decirte que por fin compré una crema de noche.  No te dije que comencé a tomar fotografías de cosas extrañas. No te dije tampoco que fui al lugar donde quería rendirme, y quemé allí los últimos textos que escribí sobre el aire.

Vendí el sintetizador japonés que me regalaste, por cierto. Ahora mi fruta favorita es la guayaba. Le perdí el miedo a pisar el jardín escultórico de Edward James, por ejemplo —aunque en realidad no he tenido tiempo de ir—. Y compré un ejemplar de la revista Aperture, el 236. Comencé a leer Los detectives salvajes.

Volvió a mi la energía para los vaivenes creativos. Regresé a La Faena los viernes. Volví a escribir poemas y cuentos —sigo pensando que el formato impreso es una condición obsoleta, acaso arcaica y limitante, pero quizá un día publique un libro—. Dejé de trabajar en oficina, me hice independiente, o freelance, como quieras llamarle. Y ahora hago entrevistas, diseño casas, pinto cuadros y a veces veo películas de amor junto a Honey. Quiero hacer una pieza de arte con Caracol, que hable de eso: del amor y de la ciudad.

A propósito, me reconcilié con mis padres —entendí que no era su culpa, después de todo, tenemos errores—. Me he perdonado a mi por estar triste todo este tiempo. Entendí que tampoco tenía las fuerzas para ayudarte y dejé de culparme por no poder estar ahí contigo. También compré un sartén de línea como el que querías, el rojo. Y por fin cambié el estéreo de la casa. Volví a comprar aerosoles en Isabel La Católica. Y allí, entre la gente, entendí la crudeza del barrio. Ya no me duele pensar en los amigos que se fueron entre el calor de la calle. Tampoco lloro al recordarte ni siento ansiedad cuando pienso en A.

Compuse otro par de demos con el iPad, pero no he querido terminarlos —creo que en cierta forma me recuerdan a ti. La cosa inacabada me gusta más—. Compré un cuadro de Felguérez, seguí tu consejo. Por accidente, no obstante, conocí al Siler y al Fickor. Dejé la política —sin embargo, creo que sigo pecando de necio e idealista—. Aún opino de la escuela, y comento mi visión sobre el papel de las universidades como semilleros de ideas más que repetidores de sistemas.

Sólo he escrito dos cartas desde que te fuiste. Me compré una nueva laptop —aún uso la vieja para trazar en Illustrator—. Compré también una batería portátil, y pedí en Amazon un chaleco de prensa. Fui a Zona Maco con P.; fingimos ser ricos que buscan arte para su casa de playa. Falleció Castellanos. Messi se fue del Barcelona, ganó el mundial. Murió Chabelo. Apareció Bad Bunny para cerrar Coachella.

Viví un tiempo en el centro. Zona rosa me adoptó después. He vuelto ahora a la casa de la infancia para reconstruir mi propia historia. Entré de oyente a clases en la Esmeralda. Me colé también en la clase de Nacho Cadena en Centro. Y no, no me he titulado ni pienso hacerlo. 

Cambiando de tema, por una fracción de segundo creí que dejaría la Ciudad de México para aventurarme a la vida playera, ¿te imaginas? Estuve también a punto de irme a Canadá a trabajar como carpintero. Fui a Suiza un fin de semana. Recuperé la noción de dibujo espontáneamente. Y por fin me armé de valor para pintar al óleo. Hice un mural —no me gustó.

Me cambié a Google Drive para almacenar mis archivos digitales. Hice una página de internet para ventas, pero no he vendido nada en dos años. Por cierto, Elon Musk compró Twitter, y Rosalía dio un espectáculo en el Zócalo. Creo que Trump está en la cárcel. También metieron al bote al Pancho, por robo a mano armada. No sé qué fue de aquel vagabundo que regalaba libros en Bellas Artes ahora que lo pienso. Retocamos igualmente la revista. Oh. Y… Conocimos a Ro en una fiesta en Condesa. Ayer fui a El Taller a echarme una chela. Estoy ahora viendo un documental sobre Turquía. Las chivas van a jugar la final. Ya cambié mi contraseña de Instagram.

No sé para que publico, de todas formas no ves mis indirectas.

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