Michael Behrens.
Boltenhagen VIII. 2017. Fotografía análoga.

¿Qué es arquitectura? A decir verdad, no sé. Y ciertamente no me interesa. Quizá porque la considero equivalente a si, estando en el diván, la terapeuta te preguntará: «¿cuál es tu trauma?, ¿qué es lo que tienes?». Es decir, que genérico sonaría, y además no sabría responder. Supongo que reaccionaría igualmente desde la ignorancia, incapaz de formular una resolución contundente y por demás lúcida. Terminaría por improvisar, seguramente errando, perdiendo el tiempo. Porque… ¿Por qué el paciente en tratamiento tendría que encontrar respuesta a una pregunta obvia que en realidad no atraviesa sino que devela la falta de análisis?

Dicho lo anterior, creo que es prudente plantear otro tipo de cuestionamientos paralelos, al igual que en la terapia psicológica, que nos permitan profundizar sobre el tema, sin ahondar centralmente en él. Tomemos eso cómo metáfora. En parte porque es genuinamente contradictorio y hasta burlón hacerlo de esa manera. Arquitectos sentados en sus oficinas, con el tiempo libre para preguntarse qué es la arquitectura, mientras familias enteras se preguntan por qué no pueden acceder a ella, o estudiantes que se cuestionan porque una banqueta no puede ser un comedor, o las instituciones que no acuden a ella para problematizar el mundo. Arquitectos comúnmente enclaustrados en sus burbujas, hablando de sombras, de materialidad, de la poderosa narrativa implícita en un lugar o el recorrido que dibuja un edificio; el enmarcar el paisaje, pórticos, objetos lúdicos, claroscuros, cosas que rodean, que homenajean, cosas que contienen, que refugian, que cobijan, que hacen ciudad. Tan cansado es ese vocabulario. Y tan jodidamente transmutado en fórmula que en realidad no va a ningún lado, más que a generar contenido plástico que eventualmente se publica en medios para dar soporte al gremio.

No digo con esto que estos conceptos sean ahora inválidos por la forma en que se reproducen, ni tampoco digo que se empleen siempre para camuflar vacío entre párrafos de supuesta intelectualidad metamorfoseada. Sin embargo, así se ha estilado en los últimos años. Lo podemos ver en el mundo del arte, o del turismo. Los discursos son sumamente parecidos y la manera en que se exhiben las ideas en torno del comercio parecen articularlos. Y es por ello que creo necesario cuestionar paralelamente lo que sea que haya que cuestionar. Cuestionar si una casa es una casa, si un poema es un poema, siendo muy simplistas, claro. Dejemos de lado el debate de si es buena una casa de huéspedes o no lo es. O si debería existir esa casa de huéspedes. El cuestionamiento bien podría ser más profundo, tocar la raíz del oficio. Podríamos preguntarnos, igualmente desde la ignorancia, por ejemplo, siguiendo la línea de la arquitectura: ¿se puede hacer arquitectura sin haber estudiado arquitectura? ¿Es necesaria la figura del arquitecto? ¿Puede la arquitectura corregir la desigualdad social? ¿Es deber de la arquitectura corregirlo? ¿Es la arquitectura sólo la bandera del capitalismo de consumo o ésta simplemente dicta su relato? ¿Es sólo una foto de Instagram? ¿Todos los edificios tienen que ser hitos? ¿Dónde acaba un edificio y empieza la ciudad? ¿Por qué no puedo vivir en una cueva si al cabo tiene la misma naturaleza que una casa? ¿Qué pasará con la arquitectura cuando las ciudades pensadas para un clima templado ahora sean hornos de microondas girando en loop? ¿Qué pasa si a una edición del Serpentine Pavilion, por decir algo, le quitamos su contexto arquitectónico, su discurso, y ahondamos en su sustancia? ¿Se quedaría sólo su condición material o su recorrido? ¿Si la quitamos de la memoria colectiva? ¿Percibiremos su ausencia en el mundo? ¿Es lo mismo una escultura monumental que un edificio? ¿Dónde radica su diferencia? ¿Por qué todos los arquitectos quieren resolver los problemas del mundo proponiendo edificios y modelos de ciudades? En fin. Incluso hablando desde la materialidad o del recorrido o de eso de lo que hablan los arquitectos, podríamos cuestionar algunas connotaciones, imaginando escenarios, más bien cómo un ejercicio de autocrítica, cómo: ¿es lo mismo una casa de 40 metros cuadrados incapaz de crecer a una de 20 metros cuadrados capaz de duplicar su tamaño, cómo dice Aravena? ¿Cuál es la sustancia original de la cúpula del Panteón de Roma? ¿No es la misma que la de una techumbre hecha con alambre y lona? ¿Es cierto que la casa es producto de un sueño, y que la acumulación de sueños genera una infinidad de pesadillas? 

Insisto. Realmente creo que existen otras maneras de abordar la misma cosa. En todos los campos, por supuesto. Cómo cuando uno mira el paisaje mientras trata de llegar de un punto A a un punto B, ¿es eso ya es un cuestionamiento en sí mismo? ¿Por qué necesito trasladarme? Como sea, dejemos eso. Aprovechemos el viaje para reflexionar alrededor de todo: pensar en las contradicciones de lo que nos rodea, sus bondades, sus orígenes, sus implicaciones. Pensemos, pues, en la botella de agua que cargamos en la bolsa y que acabamos de comprar en la tienda de la esquina, en cómo esto modifica la manera en que vivimos, en la que me desenvuelvo en mi casa, en la oficina, en el transporte público. ¿Es eso arquitectura? ¿Podemos habitar una botella de agua o nos permite más bien entender nuestras posibilidades en el espacio? ¿La botella determina cómo habitar un espacio? Es decir, la botella calza a la mano, es fácil de abrir, de cargar, es transparente y permite ver el estado del agua, puedo colocarla en cualquier lado, tiene un diseño de etiqueta increíble además y el diseño de la botella, estudiado ergonómicamente, en sí mismo podría ser calificado como un objeto de culto, entre otras cosas, aunque pasa desapercibido. Podríamos traducir ese ejemplo a un edificio, aludiendo sus virtudes. Pero, volvamos al caso de la botella cómo metáfora, pues, también podríamos revelar otras condiciones específicas que la circundan; ejemplificando: ¿no pensamos que esa botella tiene detrás una marca, una empresa, una fábrica, una serie de empleados, una serie de relaciones entre ella y la sociedad? ¿La botella no habita el espacio dentro de una tienda, no limita la regeneración de los ecosistemas con sus residuos? ¿Afecta la manera en la que nos desenvolvemos en el lugar? Porqué, es decir, en algún lugar la compramos, debemos portarla, en algún lugar la guardamos, en algún lugar tenemos que tirarla cuando ya no sirva. Eso generará basura, y esa basura irá a algún otro lado. En otro lado, no obstante, completamente distinto y alejado, estará emplazada la industria de la embotelladora, seguramente en una localidad marginal para reducir costos. ¿Y no esa fábrica determina o condiciona el crecimiento de la ciudad a la que pertenece y por ende modifica la forma en que se construye vivienda allí? Mientras eso sucede, quizá privilegie a otras ciudades con las ganancias que genera, posibilitando la aparición de paisajes urbanos discordantes. ¿Y quién va a hablar de la extracción de los mantos y el problema que padecen algunas poblaciones de falta de agua? ¿Y lo que implica su distribución? ¿Cómo eso hace ciudad? ¿Y las leyes que regulan todo eso? ¿Podríamos decir que también son arquitectura? ¿Y si ponemos un edificio en lugar de una botella en ese ejemplo burdo? Para pensar en ciudades plurales, abiertas y democráticas quizá habrá que quitarnos ese velo. Porque una frase puede ser un poema, y puede ser también sólo una frase en un documento oficial. Una canción de rap podría ser arquitectura, o un performance, o un cuento corto de García Marquez en clave Morse dibujado en la pátina de concreto que contornea un edificio de gobierno.

Tal vez con esa complejidad en la abstracción podamos determinar qué es arquitectura y qué no lo es. O por lo menos aproximarnos desde una mejor óptica. O quizá no. No lo sé. Dejando de lado aquella definición incompleta de que la arquitectura es el arte de construir eventualmente, que creo que limita toda vez que distorsiona, primero porque es complicado dar significado resulta redundante; segundo, porque acotar un concepto sólo a su definición corta irrumpe en su capacidad de transformarse, sentirse, integrarse. En otras palabras, no mirarnos en el espejo tratando de descubrir quién es uno ni porque uno no es el otro, sino cuestionando en voz alta nuestra necesidad de mirar nuestro reflejo en lugar de mirar todo lo demás. Quizá si imaginamos al espejo no como una forma de aproximarse a la verdad, sino como una manera de entender nuestra propia ceguera, quizá así podamos construir imágenes más potentes, no desde la autoridad, insisto, sino desde la herencia. Incluso partiendo de especificidades. Por ejemplo: ¿por qué una ciudad como Tianducheng que básicamente copió una parte de París, considerada la ciudad hecha, hoy se encuentra inhabitada, recriminada por su falta de identidad, volcada a trocarse más bien en un escenario de grabación? ¿Puede un edificio de oficinas ser también un circo y un museo? ¿Podríamos imaginar una ciudad donde cada edificación tuviese una planta libre monumental, dando así una planta baja gratuita, plural y abierta en toda la ciudad? ¿En qué medida eso puede ser también arquitectura? ¿Y si nada es arquitectura? ¿Y si la arquitectura es sólo la forma en que nos convencemos de qué construir tiene cierto sentido? Es decir, no lo sé. Y por eso, reitero, no me interesa. La conferencia va a empezar. Todos me parecen bastante ensimismados.


No sé para que publico, de todas formas no ves mis indirectas.

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