Eventualmente el arranque impasible:
memoria aprisionada, contenida por deleites.
En su calor yace el lenguaje extrapolado.
Es decir, aprendimos a querernos
escuchando solamente la respiración agitada.
Plazo máximo: dos horas y cuarto.
Luego, soledad compartida
con comunicación asíncrona. Sólo por texto.
Eterno fuego:
amor por correspondencia.
No sabemos cómo ni dónde detenernos, cobijarnos.
En este momento ni la leve caricia de un beso nos despierta.
La pesadilla… ¡Oh! Tan tierna, tan perfecta.
Llegar a casa. La dopamina nos espera.
¡Por favor, no enciendas el televisor!